viernes, 29 de julio de 2011

LA SINAGOGA

Aunque la tradición judía enseña que la sinagoga tuvo un origen mosaico, buscando de este modo basar el establecimiento de dicha institución en la más venerable autoridad posible, la fecha más probable de su origen es la de la cautividad babilónica. Fue en ese período que se combinaron los diversos factores necesarios para su aparición a saber, una conciencia nacional purificada, maestros capaces sean ya profetas o sacerdotes y un deseo natural de reunirse para orar a Dios y rendirle culto. Aun después de que el templo fuera reedificado quedó un vacío que la sinagoga pudo llenar, en parte porque aportaba un punto de reunión semanal y aun diario para la comunidad judía local, y en parte porque cumplía una función diferente al enfatizar la instrucción en la ley de Dios por sobre todas las cosas. Si bien había sinagogas en el tiempo de Jesús, su número creció grandemente después que los romanos destruyeran el templo. El pueblo viajaba al templo para efectuar los sacrificios y para celebrar los festivales nacionales, pero frecuentaba la sinagoga para llegar a ser gente espiritualmente instruida. Se requería un mínimo dediez miembros varones para su constitución y era posible que hubiera más de una en una ciudad.


En aquellos lugares en que habían escribas, los mismos recibían un lugar de honor como maestros. Originalmente ellos habían sido copistas y estudiosos de las Escrituras, pero se fueron colocando gradualmente en una situación de mayor contacto con el pueblo por medio de la sinagoga, poniendo al alcance del mismo sus conocimientos de la interpretación de la Palabra. Este proceso fue acelerado por la secularización de los sacerdotes, muchos de los cuales cedieron ante las influencias helenizantes de la época. En consecuencia, la función proverbial de los sacerdotes como maestros de la nación había desaparecido ya casi por completo en el período neotestamentario.

En un rango inmediatamente inferior al de los escribas estaban los ancianos, quienes servían como gobernantes de la sinagoga. A ellos les fue comisionada la supervisión de los cultos, la asignación de la participación en el mismo, y el mantenimiento del orden (Le. 13:14). Una figura indispensable era el ministro, que tenía a su cargo los rollos de la Escritura y que con frecuencia servía también como maestro de la escuela de la sinagoga Las fuentes judías para el culto de la sinagoga son algo posteriores al Nuevo Testamento, pero nos dan un cuadro razonablemente claro de lo que el mismo debe haber sido en el período anterior.

Los elementos del culto incluían el Shemá, o sea la profesión de fe de Israel (Dt. 6:4-9; 11:123-21; Nm. 15:37-41), las oraciones, la lectura de la ley y los profetas, junto con la necesaria interpretación al arameo para los judíos palestinos (en la dispersión, donde se utilizaba la traducción griega, tal ayuda era innecesaria), una exposición u homilía por parte de alguna persona calificada (Le. 4:16-21; Hch. 13:15ss.), basada muchas veces en la porción leída en el servicio religioso, llegándose así a la bendición con la cual la congregación era despedida.

La influencia de la sinagoga sobre el culto cristiano fue considerable. Una reunión de creyentes podía ser llamada una sunagoogee (Stg. 2:2; cf. He. 10:25). Escritores patrísticos usan a veces esta palabra para referirse a asambleas cristianas (Epístola de Ingacio a Policarpo 4:2). Es evidente por
el testimonio de Justino Mártir (Apología 67) que los principales ingredientes del culto cristiano en el segundo siglo eran la lectura de las Escrituras, la exposición y la oración, como en la sinagoga.

En la dispersión la sinagoga llegó a ser un poderoso instrumento de propaganda. Si bien los judíos resultaban ser totalmente desagradables a sus vecinos griegos y romanos por el exclusivismo de su creencia (la doctrina del único Dios vivo) y de sus costumbres (leyes dietéticas y de purificación), aquellos pudieron no obstante ganar un respetable número de conversos a su fe. Este proceso fue sin duda ayudado por la inquietud espiritual reinante y por la búsqueda de satisfacción en formas de religión más personales que aquellas aportadas por la ciudad estado o por el imperio, y también por el relativamente alto nivel moral del judío en contraste con el pagano.

Las raíces del proselitismo se hallan profundamente arraigadas en los comienzos de la historia de los judíos. Éxodo 12:48 contiene la provisión de que los extranjeros residentes en Israel que desearan participar de la pascua, debían ser circuncidados. De allí en adelante tal persona era contada como parte de la congregación y tratada prácticamente como un judío nativo. Es obvio, sin embargo, que la situación en la dispersión durante el primer siglo cristiano era bastante diferente, ya que los judíos estaban en la minoría, constituyendo pequeñas islas de monoteísmo en un mar de
idolatría pagana. Era mucho más difícil en tales circunstancias ganar a un gentil y persuadirlo a transformarse en un judío. La ofensa de la circuncisión era una fuerte barrera.

Prueba de esto es la presencia de grandes números de gentiles en la sinagoga que no habían dado este paso, sino que se daban por satisfechos con aceptar la iluminación que brindaba la enseñanza, sin comprometerse totalmente con el judaísmo. Mientras que el prosélito debía someterse a la circuncisión y al yugo de la ley y a un completo baño de purificación, el "temeroso de Dios", como se le llama en el Nuevo Testamento, no tenía ninguna obligación especial para con el judaismo. En el caso de Cornelio vemos a un hombre que se había dedicado a la oración y a dar limosna, pero que no había dado el paso decisivo que le hubiera hecho un prosélito. Era todavía incircunciso (Hch. 10:28; 11:3). La renuencia de las autoridades romanas a aprobar adiciones masivas de gentiles al judaismo era sin duda un factor que limitaba el número de los prosélitos.

Fue entre estos gentiles "temerosos de Dios" que los misioneros cristianos encontraron el terreno más fértil para la evangelización, incurriendo por esa misma razón en el resentimiento judío.

Los judíos habían esperado influir a estos gentiles hasta transformarlos en conversos plenos, pero resultó que simplemente los habían estado preparando para la propaganda cristiana. Desde el punto de vista cristiano fue un hecho magníficamente providencial que estos agregados al evangelio ya estuviesen instruidos en las Escrituras. En base a esto el apóstol Pablo, al escribir a las iglesias gentiles, podía presuponer un conocimiento bastante amplio del Antiguo Testamento y podía edificar sobre el mismo su propio instrucción.


jueves, 13 de enero de 2011

Recien Nacido


JELED = Recién Nacido o en forma femenina JALDAH

Éxodo 2:3,6,8 pero el empleo de este termino arroja una nueva luz al sentido de algunos pasajes de la escritura. Así, recordamos que es aplicado a nuestro Señor en la profecía de su nacimiento Isa 9:6 “Porque un niño (“JALED”, un recién nacido) nos ha nacido un hijo (“BEN”) nos es dado” mientras que en Isa. 2:6 su empleo añade un nuevo sentido a la acusación: “pactan (o se dan la mano) con los “JALDE”, o los “bebes”, de los extranjeros”, marcándolos, por asi decirlo, no solo como los hijos de los extraños, sino como no santos desde su mismo nacimiento. Pueden comparar el uso pictórico o poético de la palabra “JELED” en pasajes como Isa. 29:23 Isa. 57:4 Jer. 31:20 Ec. 4:13 1Rey 12:8 2Rey 2:24 y Gen 62:22.

LA CRIANZA DE LOS NIÑOS JUDIOS


La ternura del vinculo que unía a los padres judíos con sus hijos aparece incluso en la multiplicidad y vivides de las expresiones con que son designadas las diferentes etapas de la infancia en hebreo. Ademas de términos tan generales como BEN y BAT (hijo e hija) , encontramos no menos de nueve términos diferentes para expresar cada una de las etapas de la vida del infante.

Hay un pasaje en la Misnà que designa y, pro así decirlo etiqueta originalmente los diferentes periodos de la vida en base a sus características. Vale la pena reproducirlo, aunque solo sea a modo de introducción a lo que tendremos que decir acerca de la crianza de los niños. El rabi Jehudah, hijo de Tema, Dice:

a los cinco años : Lectura de la Biblia

a los diez años : aprendizaje de la Misnà

a los trece años: ligado a los mandamientos

a los quince años: el estudio del Talmud

a los dieciocho años: matrimonio

a los veinte años: la dedicación a la profesión o a los negocios

a los treinta años: vigor pleno

a los cuarenta años: madurez de razón

a los cincuenta años: para consejo

a los sesenta años: comienzo de la ancianidad

a los setenta años: edad gris

a los ochenta años: ancianidad avanzada

a los noventa años: encorvado

a los cien años como si estuviera muerto e ido y quitado del mundo

De todo esto se menciona cinco años como cuando se espera que el niño comience a leer la biblia naturalmente, en el original hebreo. Pero también había opiniones encontradas. Por lo general, se consideraba una instrucción tan temprana como buena solo en el caso de niños sanos y fuertes, mientras que los de una constitución regular no debían ser mandados a un trabajo regular hasta los seis años. Hay sentido común y sana experiencia en este dicho del Talmud “Si pones a tu hijo a un estudio regular antes de los seis años, tendrás que correr siempre detrás y nunca lo alcanzaras”. Esto hace referencia principalmente al irreparable daño hecho por tensión tan temprana sobre la mente. Si por otra parte, llegamos a una amonestación acerca de comenzar a enseñar al niño cuando tiene tres años, esto debe hacer referencia a aquella temprana instrucción que consiste en ciertos pasajes de la Escrituras, o de pequeñas secciones aisladas y de oraciones, que un padre haría que su hijo repitiera, seis o siete años era la edad en la que un padre de Palestina estaba obligado legalmente a ocuparse de la instrucción escolar de su hijo.


martes, 4 de enero de 2011

¿En qué nos ayuda la arqueología biblica?

La Biblia no es un libro de mitos y leyendas. No se centra en una serie de enseñanzas morales, espirituales y litúrgicas. Es el relato de un pueblo y de personas concretas que vivieron en momentos históricos concretos. Con relación a esto, es importante señalar cómo la arqueología no solo corrobora el dato bíblico, sino que lo completa y lo aclara más. Una crónica babilónica del Museo Británico no solo confirma el relato bíblico de que Nabucodonosor tomó por primera vez Jerusalén en el 597 a.C. (2 R 24.8–17), sino que da el día de la conquista: 16 de marzo de ese año.

Por lo tanto, una de las grandes contribuciones de la arqueología ha sido el ayudar a colocar los relatos de la historia del pueblo de Dios en los distintos contextos históricos a los que pertenecen. Nos ayuda a ver la historia bíblica como parte de la historia universal.

1. EDAD DE PIEDRA

1.1 Paleolítico

1.2 Mesolítico (10.000–7000 a.C.)

1.3 Neolítico (7000–4000 a.C.)

1.4 Calcolítico (4000–3200 a.C.)

2. EDAD DE BRONCE

2.1 Bronce antiguo (3200–2500 a.C.)

2.2 Bronce medio (2500–1550 a.C.)

2.3 Bronce tardío (1550–1200 a.C.)

3. EDAD DE HIERRO

3.1 Hierro antiguo (1200–900 a.C.)

3.2 Hierro tardío (900–586 a.C.)

4. DE LA CAÍDA DE JERUSALÉN HASTA HERODES

4.1 Babilonia y Persia (586–300 a.C.)

4.2 Griegos y asmoneos (300–1 a.C.)

  1. ÉPOCA DEL NUEVO TESTAMENTO

En relación con lo anterior, la arqueología nos ayuda a ser más cuidadosos con nuestras afirmaciones y conclusiones al estudiar el texto bíblico. Es ya muy conocido el ejemplo de los dos primeros capítulos del Génesis. Hasta mediados del siglo pasado la opinión común era que el mundo fue creado 6000 o 4000 años a.C. El arzobispo inglés Usher llegó a tal grado de certidumbre que fechó la creación del hombre en el 4004 a.C. En la actualidad, prácticamente nadie apoya esas fechas. Los estudios contemporáneos han encontrado fósiles humanos de hace un millón de años. Las excavaciones arqueológicas comprueban la existencia de Jericó desde 7000 a.C.

Por otro lado, los descubrimientos arqueológicos impiden que saquemos conclusiones precipitadas en la lectura de algunos datos históricos. Por ejemplo, en Génesis 21.34 y 26.1 la referencia a los filisteos es sin duda una alusión anacrónica de esta gente, que se estableció en la costa sur de Palestina cinco o seis siglos más tarde. En la época patriarcal, los filisteos no habían emigrado de su lugar de origen, la isla de Creta.

La arqueología también nos ayuda a conocer el significado de palabras y expresiones que hasta ahora habían permanecido oscuras o mal traducidas en nuestras traducciones y versiones. Por ejemplo, en 1 Reyes 10.28 la RVR dice: «Y traían caballos y lienzos a Salomón». Sin embargo, dice Edwin Yamauchi: El comercio de Salomón con otras regiones ha estado oscurecido por una mala traducción en la mayoría de las versiones. La palabra que se tradujo en nuestras versiones por «lienzos», realmente significa «de Cilicia».6 Una versión más contemporánea dice así: «Los caballos de Salomón provenían de Cilicia» (NBE).

La arqueología también nos ayuda a colocar a Israel (por ejemplo) en el mundo cultural y religioso de su época. El descubrimiento de escritos de pueblos y países vecinos y contemporáneos del Antiguo Testamento nos permiten ver cuánto compartió o no Israel con la cultura, creencias, modos de vida y literatura de otros pueblos.

Es muy revelador considerar los varios datos ofrecidos por los descubrimientos de escritos procedentes de la época patriarcal con relación a la adopción, el matrimonio y ciertas prácticas religiosas. Por ejemplo, según las tablas de Nuzi, poseer los dioses domésticos o terafim de que habla Génesis 31.19, 30, 34, 35 era de gran importancia, no sólo porque garantizaban una vida próspera, sino porque aseguraban, a quien los tuviera en su poder, la posesión de la herencia. Eso explica por qué Raquel decidió apropiarse de los ídolos de su padre.

En 2 Reyes 20.7 se habla de la cataplasma de higos usada para curar la llaga del rey Ezequías. Entre los textos de Ugarit se ha hallado un manual para veterinarios, y uno de los medicamentos mencionados en él es la «cataplasma de higos viejos».

La arqueología no sólo ayuda a recobrar el contexto histórico general de Israel (o de la iglesia en el Nuevo Testamento), sino también a colocar a Israel en el contexto de su historia religiosa. Es sorprendente ver cómo hasta los relatos de milagros pueden verse iluminados por los descubrimientos arqueológicos (por ejemplo, las diez plagas de Egipto).

Los descubrimientos arqueológicos apoyan, en un buen número de casos, los datos que ofrecen los textos bíblicos. Por ejemplo, 1 Samuel 13.19–22 dice que los israelitas dependían de los filisteos para el uso de instrumentos de hierro. Una cuidadosa comprobación de los yacimientos de hierro y de su entorno ha demostrado que los primeros que utilizaron el hierro en los siglos XI y X a.C. fueron los filisteos.

En 1 Reyes 6.36 se describe la construcción del atrio interior del templo. Este tipo de construcción que pone una hilera de vigas de madera por cada tres hileras de piedras labradas se empleó también en el segundo templo (Esd 6.4); las excavaciones arqueológicas lo han encontrado en otros lugares del Próximo Oriente Antiguo. Probablemente se trata de una forma de proteger el edificio contra los terremotos.

Descubrimientos como los de Ras-Shamra, Qumrán y Ebla, ofrecen no sólo información sobre el contexto histórico, político, cultural y religioso, sino que, por la gran cantidad de documentos escritos, se han convertido en fuente importante para los estudios literarios y lingüísticos. Los estudios del ugarítico han demostrado ser importantes para entender el hebreo bíblico en cuestiones de estructura lingüística, sintaxis, problemas textuales y poesía. Qumrán ha hecho un gran aporte al ofrecernos escritos bíblicos cuya antigüedad es mil años anterior a la de los usados para el texto hebreo del Antiguo Testamento. Esto es esencial para la crítica textual. Los descubrimientos de Ebla nos permiten hacer estudios comparativos de nombres personales que hasta ahora sólo se encontraban en la Biblia. Esto permitirá refinar más el conocimiento de la historia del Antiguo Testamento en tiempos patriarcales. El eblita (un idioma semítico familiar del hebreo) será de gran ayuda para acercarse mejor al significado de 1700 palabras que sólo aparecen una vez en hebreo, y que en Ebla se usan en profusión.

Los descubrimientos y los estudios continuos de ellos abren nuevas posibilidades que refutan o apoyan viejas teorías. Tal es el caso de la ocupación de la tierra de Canaán por parte de los israelitas. Los relatos bíblicos no permiten obtener un cuadro uniforme. Y los resultados obtenidos por la arqueología y otras ciencias auxiliares han dado pie a tres teorías para explicarla:

1. La ocupación pacífica de la tierra (escuela de Alt y Noth).

2. La conquista violenta (Albright).

3. Revolución interna (Mendenhall, Gottwald, Bright).

Hoy por hoy la arqueología parece considerar más coherente la tesis de Mendenhall.

Junto con los métodos científicos desarrollados para los estudios arqueológicos, tenemos que tomar en consideración los límites de la arqueología.

Por más avances que haya en las técnicas de fijación de fechas, siempre es grande el margen de error. Hay muchas eventualidades que el arqueólogo no puede controlar.

Por ejemplo, en la excavación de los montículos (tells), un nivel completo de establecimiento humano se pudo haber perdido por causa de la erosión, o porque un pueblo se fue del lugar donde existían otros pueblos, y siglos después los descendientes retornaron.

Además, la información recabada por el arqueólogo siempre será incompleta porque ningún sitio se excava en forma total. Razones: excavar un sitio en su totalidad exige costos astronómicos; el arqueólogo sabe que debe dejar para la posteridad partes sin tocar (en espera de mejores métodos); no se excava todo para evitar gastos económicos y de tiempo, para que al final sólo se recabe información repetitiva.

Dentro de los límites de la arqueología tenemos que considerar los diferentes períodos que toca el relato bíblico. Los descubrimientos arqueológicos han dado y pueden dar información y luz sobre ciertos elementos dentro de la narración bíblica; sin embargo, el estudioso de la Biblia se contentará con los datos humanamente alcanzables.

Esto se torna más problemático si se considera que mientras que la arqueología provee información objetiva y concreta sobre un hecho o un pueblo, esta no puede ayudarnos mucho en aquellas afirmaciones bíblicas que se hicieron, no para referirse a un suceso en forma objetiva y directa, sino que son interpretaciones o declaraciones doctrinales sobre tal suceso. Sobre esto, el estudioso de la Biblia debe aprender a distinguir entre una información que se refiere a un dato corroborable por la arqueología y una declaración cuya intención no es el dato científico, sino la alabanza, la confesión de fe o la reflexión teológica.

Todo esto señala que para recobrar o encontrar la verdad bíblica, la arqueología no está sola. El estudiante de la Biblia necesita echar mano de otras ciencias auxiliares. En el estudio de la Biblia es casi indispensable estar familiarizado con los diversos géneros y formas literarias. Estos, junto con otros elementos, ayudan a descubrir cuál fue la intención del autor. Así, de antemano, el estudiante no se acercará a la Biblia y a la arqueología temeroso de que una contradiga a la otra. Ningún arqueólogo bíblico responsable y serio hace sus investigaciones tratando de probar o desaprobar el mensaje bíblico.

Fuente Descubre La Biblia / Ciencias Biblicas.


Los textos poéticos de la Biblia

Desde el punto de vista literario, la Biblia presenta una notable variedad de lenguajes o géneros literarios. Hay textos narrativos, códigos legislativos, dichos sapienciales, parábolas, profecías, cartas y escritos apocalípticos. Muchos de esos textos están escritos en prosa, pero otros—bastante numerosos—son textos poéticos.

A veces se trata de un himno intercalado en una narración, como los cánticos de Moisés (Ex 15.1–21), Débora (Jue 5.1–31), Ana (1 S 2.1–10), David (2 S 1.17–27) y Jonás (Jon 2.2–10). Otras veces el lenguaje poético comprende todo un libro (como en el Cantar de los Cantares) o la mayor parte de él (como en el libro de Job). También los profetas fueron grandes poetas, y lo mismo hay que decir de los salmistas, que no encontraron medio más adecuado para dialogar con Dios que el lenguaje de la poesía.

En el Nuevo Testamento no hay tantos poemas como en el Antiguo, pero de ningún modo están ausentes. En él se encuentran himnos y cánticos, cuya configuración rítmica y formal se destaca sobre el trasfondo del discurso en prosa que les sirve de contexto. De ello dan testimonio el cántico de María (Lc 1.46–55), el de Zacarías (Lc 1.67–79), el del anciano Simeón (Lc 2.28–32) y los himnos cristológicos que aparecen aquí y allí en las cartas paulinas (Flp 2.6–11; Col 1.15–20; Ef 1.3–14). También hay palabras de Jesús que tienen un ritmo muy particular, como el reproche que les dirigió a quienes habían rechazado todas las invitaciones de Dios:

«Tocamos la flauta,

pero ustedes no bailaron;

cantamos canciones tristes,

pero ustedes no lloraron».

(Mt 11.17)

Por último, cabe mencionar los himnos y doxologías del Apocalipsis, que nos traen un eco de los cánticos litúrgicos de la iglesia primitiva (cf., por ejemplo, Ap 5.9–10; 11.17–18; 12.10–12; 15.3–4).

Dada la abundancia de textos poéticos que contiene la Biblia, es muy difícil comprender a fondo su mensaje sin una cierta sensibilidad para apreciar el lenguaje de la poesía. De ahí la conveniencia (o mejor dicho, la necesidad) de que los lectores de la Biblia tengan algún conocimiento de la poética hebrea.

Fuente: Texto Descubre la biblia

viernes, 1 de octubre de 2010

DANIEL (ADICIONES DEUTEROCANÓNICAS)

Las antiguas traducciones griegas del libro de Daniel (=Dn) contienen tres pasajes(=Dn [dc]) que no se encuentran en el texto hebreo-arameo tradicional.

En Dn 3.19-23 se narra cómo los tres jóvenes judíos Sadrac, Mesac y Abed-negó fueron arrojados al horno encendido por no querer adorar la estatua de oro que había mandado hacer el rey Nabucodonosor. El texto griego inserta, después del v. 23, un pasaje litúrgico formado por una oración en la que Azarías confiesa los pecados del pueblo de Israel por los que han merecido el castigo y pide misericordia a Dios, seguida de un canto de alabanza a Dios entonado por los tres jóvenes.

El segundo pasaje es el relato acerca de Susana, virtuosa mujer a la que dos jueces perversos acusan falsamente de adulterio, por lo que hacen que sea sentenciada a muerte. Daniel demuestra que es inocente y le salva la vida. En algunas ediciones, este relato se coloca al comienzo del libro, en otras al final, como cap. 13. Esta última es la numeración usada en la presente edición.

El tercer pasaje se compone de dos relatos en que se ridiculiza el culto a los falsos dioses. En el primero se cuenta cómo Daniel destruyó el ídolo del dios Bel; y en el segundo, cómo mató a una serpiente mostruosa. Estos pasajes forman el cap. 14.

Estos relatos no tenían interés histórico propiamente, sino que se proponían la edificación en la vida de piedad y la instrucción religiosa o moral. Es posible que estas historias hayan sido redactadas originalmente en hebreo (o arameo) y luego traducidas al griego. Algunos piensan, sin embargo, que el relato sobre Susana fue escrito desde el principio en griego.

El texto griego de estos pasajes se conserva en dos versiones que difieren en muchos detalles. En la presente edición se ha tomado como base el texto de la versión llamada de Teodoción.

PRIMER LIBRO DE LOS MACABEOS

El Primer libro de los Macabeos (=1 Mac) es la traducción de una obra original semita, casi con seguridad escrita en hebreo, aunque hasta ahora no se ha encontrado ningún fragmento de ese texto. La redacción final debió de hacerse en los últimos años del s. II a.C., en tiempos de Juan Hircano. En su narración se sigue un orden cronológico: después de recordar brevemente las conquistas de Alejandro, el autor habla de la persecución de Antíoco IV Epífanes y narra a continuación las hazañas de Matatías y de sus hijos Judas, Jonatán y Simón. Termina con la subida al trono de Juan Hircano, hijo de Simón. Acerca del origen del nombre Macabeo, véase 2.4 n.

El libro se escribió para recordar las hazañas de los macabeos o hasmoneos y para legitimar la monarquía reinante. Había que mostrar de qué manera Juan Hircano había llegado a ser al mismo tiempo sacerdote y jefe civil. Su sacerdocio se podía explicar por su ascendencia levítica; no así el cargo de rey que pertenecía únicamente a la dinastía de David.

El autor toma como modelo la forma literaria de los antiguos libros históricos (Josué, Jueces, 1 y 2 Samuel, y 1 y 2 Reyes; historia deuteronomista). él estaba convencido de que el Dios de Israel era el verdadero protagonista de los hechos que narraba. El Señor interviene ahora, como había intervenido en otras épocas, y de nuevo suscitaba salvadores para su pueblo. Cuando Israel adoraba falsos dioses era castigado. También en el momento presente la persecución de Antíoco era un castigo por la apostasía de muchos judíos. El vocabulario empleado y las frases utilizadas muestran el deseo de inspirarse en los antiguos relatos del libro de Reyes.

El escritor tomó mucho de sus propios recuerdos; utilizó igualmente los archivos del tesoro, donde se guardaba una serie de documentos: cartas del Senado Romano, de los reyes seléucidas, etc. Además, se sirvió de una fuente pagana que le suministró, entre otras cosas la cronología.

Su punto de vista es religioso. La ley es el centro de todo. La lucha no es tanto entre los seléucidas y los macabeos, sino entre los observadores de la ley y sus adversarios. Tiene así mismo intenciones políticas, pues toma siempre partido por los macabeos.

Teniendo en cuenta los principales protagonistas de las acciones que se narran, el esquema del libro puede presentarse así:

1. Introducción (1.1-64)

2. Matatías (2.1-70)

3. Judas Macabeo (3.1--9.22)

4. Jonatán (9.23--12.53)

5. Simón (13.1--16.24)

SEGUNDO LIBRO DE LOS MACABEOS

El Segundo libro de los Macabeos (=2 Mac) no es, como pudiera pensarse, la continuación del Primer libro de los Macabeos; es, en parte, una obra paralela, pero más restringida. Gira alrededor de las hazañas de Judas y se detiene en la victoria de este sobre Nicanor. Es decir, va aproximadamente desde el 180 hasta el 160 a.C.

No se conoce el nombre del autor. Este presenta su obra como un resumen de un escrito más amplio, de cinco volúmenes, compuesto por Jasón de Cirene, del que no se sabe mayor cosa. Tanto el original como el resumen se escribieron en griego.

El Segundo libro de los Macabeos comienza con dos cartas que los judíos de Jerusalén envían a los de Egipto. En ellas los exhortan a celebrar la fiesta de la Dedicación del Templo, instituida por Judas Macabeo.

La historia propiamente dicha comienza en 2.19-32, con un prefacio en que el autor explica sus intenciones y su método: con mucho trabajo ha resumido los cinco tomos de Jasón de Cirene. El autor del resumen sin duda añadió algunos elementos propios.

El telón de fondo de esta historia son los intentos de los reyes de la dinastía seléucida (especialmente Antíoco IV) de imponer la cultura y religión griegas en Israel, con el apoyo de algunos judíos, y la lucha de muchos otros por mantener su identidad religiosa, cultural y política (véase la Introducción general a los libros de los Macabeos).

El autor presenta la historia de este periodo con una visión teológica, dentro del esquema “fidelidad-pecado-castigo-misericordia”. Cuando el cargo de sumo sacerdote lo ejerce un hombre fiel, el templo es inviolable (cap. 3). Viene luego un periodo de decadencia y pecado (4.1--5.10) que lleva inevitablemente al castigo (5.11--6.17). La fidelidad de algunos que prefieren el martirio a quebrantar la ley apacigua la cólera de Dios. (6.18--7.42). A esto se unen las oraciones del pueblo y el Señor se aplaca y Judas derrota a los paganos y purifica el templo (8.1--10.8). Vienen nuevas luchas con otros pueblos y nuevas victorias de Judas (10.9--15.39).

Tres temas principales concentran la atención: Dios, el templo, la ley. Son frecuentes las invocaciones a Dios. Se da relieve a la santidad del templo. Los que quieren destruirlo, sucumben. Entre ellos están Antíoco IV Epífanes, Lisias, Antíoco Eupátor y Nicanor. El autor profesa claramente la fe en la retribución después de esta vida. La esperanza en la resurrección anima a los mártires. La solidaridad con el pueblo no se rompe con la muerte. Se recalca la importancia de la observancia fiel de la ley.

Fundamentalmente es una obra de historia, pero no en el sentido moderno; los datos reales son transformados en símbolos que sirven de enseñanza. De allí que los personajes aparezcan con rasgos ejemplares; seres sobrehumanos intervienen para ayudar en los momentos de crisis. Los discursos que aquí y allá aparecen en la obra quieren conmover al lector. Las gestas exageradas pertenecen a esta manera propia de narrar. El estilo es retórico, ampuloso, rebuscado, de acuerdo con los usos de la historiografía de ese entonces.

El libro puede dividirse en las siguientes partes:

1. Cartas a los judíos de Egipto (1.1--2.18)

2. Prólogo del autor (2.19-32)

3. Historia de Heliodoro (3.1-40)

4. Persecución en tiempos de Antíoco IV (4.1--7.42)

5. Victoria de Judas y purificación del templo (8.1--10.8)

6. Luchas con los pueblos vecinos y con Lisias (10.9--13.26)

7. Lucha con Nicanor (14.1--15.39)

Fuente : Libros Deuterocanonicos del Dr. Bill Mitchell